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Sobre Ruido de cicatriz (Iria Fariñas, 2023)

Una flor aplastada / por la suela de goma / de una bamba por ejemplo. Ahí acaba el verso. Ahí acaba el verso del poema. Ahí acaba el verso del poema y comienzo yo. ¿Quién? Yo, el interlocutor obtuso que debe hablar de un libro y comienza hablando de otro, pero que puede incluso ir más allá en la intertextualidad y citar como abogado de oficio al rey de moda, un tal Enrique, apellidado Vila-Matas, nacido en Barcelona en el 48, según reza en la solapa de su último libro, Montevideo, nombre a su vez de la capital de un país que desconozco, a pesar de haber nacido allí.
¿Hablo de mí? No. Hablo de lugares que no existen. Si me apuras ruidos sordos. Y si prefieres un tono mayestático del sonoro silencio que no aprende a dormir bajo las cicatrices.
Voy a unir los cabos sueltos, por contradictoria e inútil que me resulte esa tarea.
Vila-Matas, en las primeras páginas de su Montevideo, enumera una serie de tendencias narrativas, y da cinco opciones. La tercera es la única que define la literatura que puede conmoverme: la de quienes no lo cuentan todo.
Y la literatura de quienes no lo cuentan todo es un artefacto, un puzle, y debe rastrearse en las migajas que van dejando como summum esos autores de astucia enjabonada a los escaladores que no temen caerse.
Por eso arranco con un verso de Iria Fariñas para hablar de Iria Fariñas, por eso mezclo Iria poeta con Iria narradora, porque si no fuesen piezas de un magnético rompecabezas seguiría ahora mismo aquí diciendo no sé qué de Vila qué… Ok. Prosigo. Detenerme en cada cuento de Ruido de Cicatriz y analizarlos pormenorizadamente sería como describir un cuadro a través de la composición de los distintos óleos utilizados para conseguirlo. Podría en cambio bosquejar la estructura del libro al amparo de las cadencias estilísticas y temáticas que dinamizan el conjunto, y tendría para esto abundantes basas, ya que no se trata de una obra que cambie de posturas sobre el mismo asiento. Pero prefiero el trampolín de la abstracción y hablar de lo flotante, lo que carga el ambiente durante la lectura y permanece, mientras rellenamos la cerveza e intentamos mirar para otro lado, como una cicatriz –perdón por el atajo-.
Y eso que flota es el leve sonido de una interferencia que el hábito torna inaudible pero que, guarecida entre celebraciones y platos sin lavar, nos asecha desde que arrancamos la primera fruta sin saber que el árbol éramos nosotros, y que nosotros, por tanto, no es más que un disfraz de la otredad. Y si algo propone la literatura es precisamente el viaje hacia lo otro, y los personajes de este libro son puertas de esos territorios que creíamos ajenos hasta que nos interfieren, y aunque parezca que ahora cuadra el argumento me refiero justamente a lo contrario, a lo que no cierra, porque lo que cierra definitivamente no deja huella y antes de colarnos en la fiesta del lenguaje para estar a salvo sería mejor poner la tele.
Por eso para decir Iria dije Enrique y luego nuevamente Iria y si continúo acabaré diciendo Julio, porque la literatura cuando va a la llaga conversa consigo misma, y los versos de Iria nadan en los cuentos de Iria y desembocan en las costas del Montevideo que hace unos meses fundó un tal Vila-Matas para alimentar la llama y conseguir que, como quería Cortázar -ya estoy diciendo Julio- acaben siendo todos los fuegos el fuego.

 

Nelo Curti.

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Tiempo aproximado de lectura, un minuto

Hace tiempo que me he propuesto leer los Cantos de Pound de una sentada. Si el escritor fracasado del cuento de Roberto Arlt, tras imponerse un encierro creativo, solo consiguió «una violenta intoxicación tabacosa», yo, al contrario, por no avanzar entre los versos, me veo privado del viaje psicodélico que promete Pasolini a los lectores de la obra de Pound: «leer el canto tiene el mismo efecto que debe producir, supongo, la más potente y maravillosa de las drogas». Curioso vínculo entre la fantasía del eremita y el imperativo de la maratón [im]productiva. Fantasía recurrente y banal, el refugio en un monasterio se termina con una carta compulsada por diferentes autoridades eclesiásticas que rechazan el ingreso de un pater familias en sus filas, o de quien sea. Las responsabilidades primero. Volviendo del sueño, que me ayudó a quitarme de encima los restos diurnos de una novela en la que un escritor decepcionante (Michel Houellebecq) relata como un escritor decepcionado (Joris-Karl Huysmans) se aparta del mundo, escucho en la radio al rapero Spider Zed, que traduce esta paradoja del eremita productivista para un público adolescente que no puede sino entenderlo demasiado bien: «Intento hacer speedrun con la vida pero no es un die and retry: tren de vida de desempleado eficaz, habrá que escribirlo en mi epitafio». Internet. «Edu lee «Ulises» de James Joyce en 10 días»; «Jan Fabre estrena Monte Olimpo, un espectáculo teatral de 24 horas de duración sobre 33 tragedias griegas»; «Olga Diego descansa tras dibujar 58 horas seguidas»; «La poeta Luna Miguel lee en público durante 48 horas consecutivas… y sobrevive»; «La deportista Beatriz Flamini, de 50 años, salió este viernes de una cueva en la provincia de Granada, España, donde se aisló voluntariamente por 500 días».

Creo que fue Pessoa quien dijo en su Libro del desasosiego que no leía a sus contemporáneos porque ya conocía lo que escribían. ¿Para qué, entonces, leer a Pound? ¿No hacemos nosotros, poundcitos de bazar barato, lo mismo que él, intentando desesperadamente salvar fragmentos del naufragio? Pero ¿es un ejercicio de conservación penoso? Sin duda, ¿que la indiferencia hacia el contenido es cada vez más atroz? Cierto. Pero, al margen de que tu ignorancia sea más profunda y consistente que la de un viejo poeta campesino de la América profunda fascinado por la cultura clásica y oriental, el principio es la misma histeria por salvar algo que, como condición de su rescate, se vuelve parcial o totalmente opaco. Agamben, en el prólogo a la edición completa que tradujo Jan de Jager, dice que Ezra Pound «frente a la destrucción de la tradición, transforma la destrucción en un método poético», asume el lugar del escriba encargado de la transmisión, pero sin que quede claro si «puede ser verdaderamente leído». Hay una duda, entonces. Y ya pasó el prólogo, die and retry:

Canto I: Y entonces descendimos a la nave / Enfilamos la quilla a la rompiente…

Anselmo Rodríguez.

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En el Costa Concordia

Vicente Gutiérrez Escudero nos envió un texto que gira en torno a las metáforas del naufragio. Es un texto sugerente, que inaugura una nueva sección, mensajes en una botella, en la que esperamos publicar textos de oyentes y amigos sobre cuestiones que tratamos en el programa de radio. Hay algún desacuerdo en cuanto a la noción de élites que el autor emplea, al lugar de la responsabilidad y la idea de un timón, pero se trata aquí de abrir el blog a diferentes posiciones, que no necesariamente coincidirán con las nuestras.


En el Costa Concordia

Numerosos autores –como es el caso de Jorge Riechmann o Will Steffen- han comparado la deriva actual del capitalismo termo-industrial con la imagen del Titanic aproximándose al iceberg. Según esta analogía el capitalismo, al igual que el célebre trasatlántico, se dirige hacia su propio hundimiento en el sentido de que no puede escapar a sus límites externos e internos, como por ejemplo la crisis de valorización del capital o los efectos ya irreversibles del Cambio Climático y el ecocidio en marcha. Entonces, puesto que el Titanic va a hundirse, la cuestión clave, se nos dice, radicaría en cómo maniobrar no tanto para evitar el impacto -algo ya inevitable- como para que el choque sea lo menos nocivo posible y crear así las condiciones más óptimas para el salvamento de pasajeros. Hay quienes incluso aseguran que en los momentos previos al choque del Titanic con el iceberg hubo tiempo suficiente para desmontar los camarotes de primera clase y construir improvisadamente con todo el material obtenido improvisadas barcas de salvamento, pateras o rudimentarias estructuras flotantes.

Pero otros muchos autores han llegado a asegurar que el impacto ya se ha producido y que el Titanic está ya hundiéndose. Esta analogía adquiere pleno sentido si tenemos en cuenta que desde 1972, año en que se publicara el célebre informe Los límites del crecimiento encargado al MIT por el Club de Roma, los que pudieron hacer algo no hicieron nada para frenar el Cambio Climático ni tampoco para prepararnos para el descenso energético que se avecinaba, de modo que se podría decir que ya hemos chocado con el iceberg y que estamos en la catástrofe. Ciertamente llevamos siglos habitando la catástrofe y los supervivientes estaríamos esperando la llegada del Carpathia -que en esta analogía podríamos identificar con la tecnología por venir o con nuevas fuentes de energía hasta ahora desconocidas- con la esperanza de que nos saque cuanto antes de las gélidas aguas de la descomposición del Estado del bienestar.

En cualquier caso, aun suponiendo que el choque no se haya producido, hemos de insistir en el hecho de que las élites actuales no están haciendo nada para evitar un impacto violento, ni siquiera para preparar a sus pasajeros para el choque que se avecina. Es más, los actuales propietarios del mundo actual poco tienen que ver con las élites ilustradas de siglos atrás, que eran las clases más instruidas e informadas de entonces y que poseían un amplio conocimiento del planeta en el que vivían. En el caso del capitalismo fosilista el capitán que maneja el timón está pensando ya en cómo poder huir del barco cuanto antes, si es que no lo ha abandonado ya.

Si tenemos esto en cuenta creo que una analogía más acertada sería la del encallamiento y hundimiento parcial del crucero Costa Concordia, que en 2012 naufragó frente a la isla de Giglio en Toscana, y en cuyo accidente por cierto murieron 32 personas. En aquel suceso -a diferencia de John Smith, el capitán del Titanic, quien se hundió con su propia embarcación- el por aquel entonces capitán del crucero, Francesco Schettino, abandonó cobardemente la embarcación, y lo hizo por cierto junto con una joven azafata que trabajaba en el crucero. Al igual que Schettino, la alta élite que dirige el mundo, sabedores de lo que va a suceder, está asegurándose su propia supervivencia; está organizando ya su huida para refugiarse en sus yates de lujo, mansiones amuralladas o islas privadas. Tanto las élites industriales y financieras como la casta política que dirige los estados, bajo el disfraz de un capitalismo verde, han optado por una huida suicida hacia delante; están pensando ya en como saltar del barco antes de que éste encalle o se hunda por completo, abandonando a su suerte a los pasajeros y tomando las posiciones más ventajosas en el nuevo mercado energético, basado en las llamadas energías renovables. En otras palabras: están pensando en cómo salvar su culo y sus privilegios, garantizando sus procesos de acumulación en los escenarios venideros.

Otro elemento que refuerza la analogía con el lento proceso de declive energético es que el Costa Concordia, a diferencia del Titanic, permaneció dos años varado antes de ser desguazado en Génova. Es un detalle muy significativo que nos recuerda que el capitalismo fosilista ya ha encallado y que lo que tenemos ante nosotros no es más que su estructura semihundida, indolente, desamparada e inmóvil, eternizando su condición de náufrago. En realidad, estamos siendo testigos de un colapso sistémico que se inició décadas atrás y que es tan gradual que, de algún modo, no lo percibimos como colapso, pero bien sabemos que tarde o temprano terminará por hundirse del todo en el océano de la historia o, al menos, por ser desguazado en una reestructuración capitalista venidera.

Ahora bien, la analogía falla si tenemos en cuenta el destino que les deparará a los responsables del desaguisado; si el excapitán del Costa Concordia, Francesco Schettino, fue finalmente condenado a 16 años de prisión por los delitos de naufragio y homicidio culposo, estas élites cortesanas no sólo se van a ir de rositas sino que, si no lo evitamos, van a pasar a la posteridad como los verdaderos paladines de una transición energética que, curiosamente, está beneficiando vía subvenciones estatales y ayudas europeas a las mismas élites industriales cuya actividad bélica y ecocida ha sido la verdadera responsable de la destrucción del medio ambiente de las últimas décadas.

23 de marzo de 2023.