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Mensajes en una botella

Tiempo aproximado de lectura, un minuto

Hace tiempo que me he propuesto leer los Cantos de Pound de una sentada. Si el escritor fracasado del cuento de Roberto Arlt, tras imponerse un encierro creativo, solo consiguió «una violenta intoxicación tabacosa», yo, al contrario, por no avanzar entre los versos, me veo privado del viaje psicodélico que promete Pasolini a los lectores de la obra de Pound: «leer el canto tiene el mismo efecto que debe producir, supongo, la más potente y maravillosa de las drogas». Curioso vínculo entre la fantasía del eremita y el imperativo de la maratón [im]productiva. Fantasía recurrente y banal, el refugio en un monasterio se termina con una carta compulsada por diferentes autoridades eclesiásticas que rechazan el ingreso de un pater familias en sus filas, o de quien sea. Las responsabilidades primero. Volviendo del sueño, que me ayudó a quitarme de encima los restos diurnos de una novela en la que un escritor decepcionante (Michel Houellebecq) relata como un escritor decepcionado (Joris-Karl Huysmans) se aparta del mundo, escucho en la radio al rapero Spider Zed, que traduce esta paradoja del eremita productivista para un público adolescente que no puede sino entenderlo demasiado bien: «Intento hacer speedrun con la vida pero no es un die and retry: tren de vida de desempleado eficaz, habrá que escribirlo en mi epitafio». Internet. «Edu lee «Ulises» de James Joyce en 10 días»; «Jan Fabre estrena Monte Olimpo, un espectáculo teatral de 24 horas de duración sobre 33 tragedias griegas»; «Olga Diego descansa tras dibujar 58 horas seguidas»; «La poeta Luna Miguel lee en público durante 48 horas consecutivas… y sobrevive»; «La deportista Beatriz Flamini, de 50 años, salió este viernes de una cueva en la provincia de Granada, España, donde se aisló voluntariamente por 500 días».

Creo que fue Pessoa quien dijo en su Libro del desasosiego que no leía a sus contemporáneos porque ya conocía lo que escribían. ¿Para qué, entonces, leer a Pound? ¿No hacemos nosotros, poundcitos de bazar barato, lo mismo que él, intentando desesperadamente salvar fragmentos del naufragio? Pero ¿es un ejercicio de conservación penoso? Sin duda, ¿que la indiferencia hacia el contenido es cada vez más atroz? Cierto. Pero, al margen de que tu ignorancia sea más profunda y consistente que la de un viejo poeta campesino de la América profunda fascinado por la cultura clásica y oriental, el principio es la misma histeria por salvar algo que, como condición de su rescate, se vuelve parcial o totalmente opaco. Agamben, en el prólogo a la edición completa que tradujo Jan de Jager, dice que Ezra Pound «frente a la destrucción de la tradición, transforma la destrucción en un método poético», asume el lugar del escriba encargado de la transmisión, pero sin que quede claro si «puede ser verdaderamente leído». Hay una duda, entonces. Y ya pasó el prólogo, die and retry:

Canto I: Y entonces descendimos a la nave / Enfilamos la quilla a la rompiente…

Anselmo Rodríguez.